Obsesiones

diciembre 7, 2008 at 9:04 pm Deja un comentario

Epidemia oculta: cada vez hay más consultas por las obsesiones

Mucha gente tiene vergüenza de contarlas, pero está creciendo el pedido de ayuda. Unas 800 mil personas padecen de Trastorno Obsesivo Compulsivo en la Argentina. Para los médicos se trata de una de las patologías más inhabilitantes. Por: Gisele Sousa Dias Quien haya visto “Mejor, imposible”, la película con Jack Nicholson, conocerá una versión moderada de un obsesivo compulsivo. Para contener sus desbordes de ansiedad, Melvin repite rituales: apaga y prende la luz una, dos… cinco veces; tira el jabón cada vez que se lava las manos; lleva cubiertos de plástico al restaurante; enloquece cuando camina porque no “puede” pisar las uniones de las baldosas. En la vida real, cada vez se diagnostican más casos de Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC): “Esclavos de sus pensamientos”, los llaman los psiquiatras. Conviven con ellos casi 800 mil argentinos, por eso hablan de una “epidemia oculta”. “El trastorno obsesivo compulsivo se caracteriza por la irrupción de pensamientos incontrolables (obsesiones) que provocan mucha ansiedad. Para neutralizar esas ideas y disminuir el malestar que generan, la persona ejecuta ciertas conductas repetitivas (compulsiones) que cumple como rituales”, explica el psiquiatra Enzo Cascardo, coautor del libro “Trastorno obsesivo compulsivo y su espectro”. Entre los obsesivos más frecuentes están los “lavadores y limpiadores”, que como sienten que pueden contaminarse se lavan repetidamente las manos; los “ordenadores”, que sienten la necesidad de ordenar según pautas rígidas, y los “verificadores”, que sienten que deben inspeccionar todo para evitar una catástrofe (ver El top 3). Los más graves son los TOC “con ideas mágicas”, que lo tienen quienes se atan a cábalas como un conjuro para evitar tragedias. “Tenía un paciente que sólo podía tomar el colectivo si antes pasaban el 10, el 60 y el 39, en ese orden; si no, sentía que algo terrible iba a pasar”, cuenta Cascardo. Y están quienes tienen ideas obsesivas ligadas a la muerte: “Tenía un paciente que no podía subirse al 17 porque venía de Recoleta y lo asociaba al cementerio”, dice Gustavo Bustamante, de Fobia Club. Aunque en menor o mayor medida todos nos identificamos con alguna de estas conductas, no siempre son para preocuparse: para que sea un trastorno, el ritual tiene que ocupar al menos 1 hora por día. Si un chico, por ejemplo, llena ollas con agua para evitar un incendio y con el tiempo deja de hacerlo, quiere decir que se procesó como un miedo normal. La psiquiatra Graciela Peyrú, presidenta de la Fundación Argentina de Salud Mental, dice que cada vez atienden más casos: “Los trastornos de ansiedad están aumentando en el país por el ritmo en el que vivimos y la inseguridad social que nos genera, por ejemplo, la amenaza latente de desempleo. Para tener un TOC hay que estar inmerso en estas condiciones sociales y además tener predisposición biológica y una cierta historia individual, como haber vivido situaciones traumáticas”. Los médicos lo ubican entre las patologías más inhabilitantes: “El trastorno tiende a agravarse porque la angustia no se procesa y los diques para contenerla empiezan a reforzarse. Así, la persona arranca verificando hornallas y termina sin poder salir hasta que las ventanas no están en un ángulo determinado”, dice el psicoanalista Pedro Horvat. “Toda la vida social queda condicionada. Había un paciente que en su trabajo llenaba un formulario en el tiempo en que los otros llenaban 20 porque volvía a revisarlos. Engañaba a los de seguridad para que lo dejaran entrar los fines de semana para volver a verificar. Otros, en cambio, terminan perdiendo el trabajo porque viven cumpliendo rituales y llegan siempre tarde”, dice Bustamante, A la familia, la tiraniza: “La sexualidad queda limitada: la sensación de contagio inminente hace que usen hasta cuatro preservativos juntos aunque tengan pareja estable”. Los psicofármacos y la psicoterapia ayudan a salir del infierno, pero el diagnóstico llega entre los 25 y los 35 años: tarde, por la vergüenza y por el temor de cargar con el estigma de la locura.

Fuente: Diario Clarín (Sociedad)

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